La ciudad ventilador

Esta semana estoy en Karlsruhe, también conocida por la Fächerstadt (literalmente, ciudad ventilador), debido a la notable estructura radial de treinta y dos de sus calles alrededor de la torre del palacio o Schloss.

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Me he venido de Erasmus Docente, una oportunidad que se nos da a los profesores que por edad nos perdimos la experiencia Erasmus discente para probar un pequeño sorbo de lo que muchos de mis alumni han podido disfrutar. IMG_1944Lo de “sorbo” no es metáfora, que conste. Es alusión directa al Erasmus Dionisíaco que tanto les envidio. Vamos, que ahora mismo estoy apurando la bitburger de la foto en el biergarten del hotel, para literalizar lo del pequeño sorbo de la experiencia Erasmus.

Lo más sorprendente de mi corta estancia ha sido la temperatura. Treinta y cinco grados centígrados que hemos alcanzado durante tres días seguidos. Eso para centroeuropa y con la humedad ambiental que hace aquí es una barbaridad. Hace más calor que en Jerez cuando salí de allá.

Lo menos sorprendente de mi estancia ha sido la sequedad de algún teutón. Digo seco por no decir desagradable. Vamos, que los grados de humedad ambiental ya adivino de donde salen. Mi vuelo sale pasado mañana y hoy he terminado de impartir mi ultima clase. Al terminarla clase, he preguntado a un colega, berlinés para más señas, que al día siguiente quería aprovechar para sentarme y recuperar trabajo atrasado, que si sabia de algún sitio donde pudiera hacerme un hueco y disponer de conexión a internet. Yo esperaba que me dijera: mira, aquí o allá puedes sentarte y trabajar tranquilo. La respuesta fue escueta: “Starbucks” dijo. Punto peloten. Menos mal que le pedí un sitio para trabajar, con lo que dicen que gusta eso por estos lares. Le llego a pedir un sitio para bailar sevillanas y me corre a gorrazos. A lo mejor es que los berlineses son especialmente antipáticos, como dicen de los parisinos o los neoyorquinos. Éste lo tenía todo, porque esa misma mañana le acompaño a pedir un café y, tras traducir del alemán lo que la camarera me preguntaba, lo primero que me dice es que no tiene dinero suficiente para invitarme. Tampoco se lo había pedido, leñe, es que no sé alemán. Vamos, que aparte de berlinés, debe de tener algo de sangre escocesa, holandesa o catalana 🙂

Tengo que decir que ésta ha sido la excepción, pues el resto de alemanes que he encontrado han sido encantadores, especialmente en hostelería, donde son unos profesionales (también). Por ejemplo, hoy al regresar al hotel me he encontrado con la agradable sorpresa de que, para mitigar el sofocante calor, nos habían colocado a los clientes en nuestras habitaciones… ¡un ventilador! Dudo que sea un souvenir de recuerdo de la ciudad, porque no me cabe en la maleta. Pero es todo un detallazo en una ciudad que, a pesar de su sobrenombre, no tiene aire acondicionado ni en los combi no frost que fabrica Liebherr.

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Trayecto por Nápoles

Este verano me he tomado unas pequeñas vacaciones por algún puerto italiano (sí, sí… al pie de la montaña…) y quería dedicar esta entrada a Napoli, porque me ha sorprendido especialmente. Tras visitar Florencia y Roma, llenos de arte y fastos históricos y arquitectónicos, el que llega a Nápoles se encuentra con la vida de verdad, con su esencia misma. He simultaneado el viaje con la lectura de El Gen Egoísta, de R. Dawkins, y aunque el librito es reconocidamente especulativo, es muy divertido ver cómo la vida y las gentes de Nápoles podrían haber ilustrado muchos de los ejemplos de los capítulos 5 y 9.

Todos los turistas (que no viajeros) hablaban barbaridades de Nápoles: que si feo, que si inseguro, que si caótico… concluyendo que no merecía la pena la visita. Esto sí que me va a gustar, pensé. Comparto todas las opiniones de Nápoles excepto la relativa a su belleza, que siempre depende del ojo que mira. En lo poco que me dio tiempo a ver me pareció una ciudad increíble.
La verdad sea dicha, la mayor parte del tiempo lo pasamos en Pompeya, que es tan inmenso y alucinante que agotó casi toda la jornada. Pero el trayecto en bus y tren hasta allá y un rápido e inmejorable capuccino al lado del puerto merecieron la pena. Las mezclas de color de piel y ojos de las gentes, el vocerío, el caos, el estar casi seguro que el tío que tienes al lado en el bus es un carterista que te sonríe pensando “en cuanto te descantilles te la cuelo bambino”; la familia en el autobús camino de la playa, bártulos incluidos, con las tres matriarcas compartiendo dos asientos y un bambino de unos 13 años y una bambina de unos 9 saltando de asiento en asiento entre los de todos los pasajeros mientras jugaban a darse besos en los morros; el par de señores renegríos que entran al vagón portando la caja de un televisor plano LG con quién sabe qué contenido y te la dejan en el portaequipajes de encima tuya, se alejan hacia otro vagón y salen del tren en cada parada mirando de un lado para otro de modo parecido a como, en el campo del barça, los boixos nois buscan con la vista a los vigilantes jurados, para, minutos después, recoger el bulto apresuradamente y bajar en la estación; el recorrido del tren durante 30 minutos por decenas de viviendas, pioneras desde hace lustros de la moda actual de dejar los muros con el cemento al aire; el oportunismo del camarero de la cafetería que estaba justo a mi espalda mientras yo interrogaba al dueño de la tienda de al lado para que me recomendara un sitio donde sirvieran buon cafe; ese señor camarero que me coge del brazo y me acompaña conversando durante los escasos 10 metros que nos separan de la cafetería, al mejor estilo Coppola… Todo eso y mucho más hicieron que mi rápida visita me dejara con ganas de volver a visitar Nápoles, por mucho que se empeñe Roberto Saviano en dibujar sólo lo más oscuro de sus entresijos. No pongo en duda que así sea, pero prefiero pensar en que toda sociedad humana se ha fundamentado antes o después, a lo largo de su historia, en un estadio similar al del Nápoles actual y que, igual que Pompeya, esta bella ciudad no hace más que desempolvar toda esa cínica ceniza que recubre a otras ruinas.

Manejar el picante

La semana pasada pillamos un taxi para ir al Tec. Desde que subimos, el taxista no hacía más que platicar por la radio mientras manejaba. Resulta que a la centralita se le había estropeado la radio (según sus palabras, se amoló la fuente de potencia) y le habían dado a él instrucciones por teléfono para que transmitiera a sus compañeros. Éstos a su vez harían lo mismo. Esto es lo que los informáticos conocemos como peer-to-peer, pero en versión amolada. Menos mal que poco antes de entrar en la autopista decidió preguntarnos que a dónde íbamos!

Hay que decir que a los mexicanos en general les falta alguna que otra clase de autoescuela. Hay que ver la de barbaridades que se ven por carreteras y autopistas. Pero claro, tiene su lógica: los mexicanos no saben conducir, sino que sólo saben manejar. Aquí la menetérita española hacía su agosto. Bueno, eso si les dejaban los miembros de los mil y pico cuerpos de policía que existen. Aquí llevas tu coche a pintar a un taller y como no te decidas pronto por el color, te descantillas y te lo pintan de Canción Triste de Hill Street con una facilidad pasmosa, con sirena y todo 😦

También fue curioso oír el código usado por los radio-taxistas, parecido al de los polis de la misma serie de antaño: “R13 acuda a 34 para un 11”; “R27 tiene un 11 pendiente con 24” Traduzco (algunos códigos me los invento, que no me dió tiempo a averiguarlos todos 😛 “Taxi R13 acuda a la parada del 34 (la del Tec) para un servicio”; “R27 tiene un servicio pendiente con pago por vale”. Supongo que de la codificación habrán eliminado algunos números, porque el cachondeo con alguna que otra cifra picante puede ser evidente 😉

La sección antojitos mexicanos esta semana no va a poder ser, pues el ataque de Moctezuma me ha hecho estar varios días con arroz, verduras, pollo y gelatinas. Para que veáis cómo son en este país con el picante, a la versión mexicana del típico pollo a la plancha para casos de enfermedad gastrointestinal le echan pimienta, que como Cuervo Loco, pica, pero pica poco 😛

Hablando de picante, aún estoy por descubrir algún significado oculto en azteca de dicho término, porque resulta que hay un programa deportivo de la televisión azteca, de nombre “fútbol picante” y, la verdad, sólo se ven tíos en calzonas corriendo detrás del balón, algo contradictorio con el nombre del programa 😉 Menos mal que lo veo porque me gusta el fútbol 😀

El Bajío

El pasado fin de semana visitamos algunos lugares de la región mexicana de “El Bajío”. El amigo Jorge reservó una furgoneta-minibus (camioneta la llaman aquí) en la que recorrimos Guanajuato, Dolores Hidalgo y San Miguel de Allende.

Guanajuato es capital del estado del mismo nombre, sede de las minas de plata que explotó antaño la corona española y que tan bien resumió Quevedo. La ciudad disponía de una vasta red de alcantarillado que recorría la ciudad subterránea y que más tarde desecaron y convirtieron en innumerables túneles y anchas vías transitables, de modo que se convirtió en una villa tridimensional que ha debido causar más de un dolor de cabeza a los tom-toms. Vamos, a modo de Azca en Madrid, pero más extenso y con varios siglos de antelación. Por arriba, la ciudad está llena de referencias cervantinas. Si no fuera porque el cardenal Cisneros no asoma por ningún lado, uno diría estar en Alcalá de Henares. Al buscar una calle no te vale con el nombre y el número, sino que casi te hace falta el “piso”, el de abajo o el de arriba. A lo mejor por eso le llaman a esta región “el bajío”, jeje…

Por la noche estuvimos tomando una cerveza animados por el clásico mariachi. Bueno, los realmente animados eran los de la mesa de al lado, que fueron quienes les contrataron :P. A nosotros nos tronaron los tímpanos, especialmente el mariachi de la trompetita, que en vez de apuntar a su mecenas dirigía sus notas hacia los de al lado. Diez eran los músicos. Allí estaban cuando entramos en el bar, y allí permanecieron cuando nos fuimos. Como cobren por persona-hora, anda uno apañao :-

Sección antojitos

Le he cambiado el nombre a la sección gastronómica, pues parece ser que antojitos es como se les llaman a los platillos mexicanos con las delicias típicas de la tierra. A pesar del nombre, no es que se coman durante el embarazo 😉 pero me temo que uno va a acabar en ese estado (al menos en apariencia externa) si sigue por el duro camino de desayuno, almuerzo, comida, merienda y cena con, en ocasiones, hasta siete platillos diferentes para alguna de las comidas :-O

Los compañeros del Tec celebraron los cumpleaños de julio y agosto con un desayuno en base a deliciosas gorditas (Gracias, Ernie, por la sugerencia culinaria :-P), cuyo nombre, como ya viene siendo costrumbre, siembra ciertas dudas sobre si es comestible. Os pongo una foto para que veáis que lo es :). Aparte de esto, he probado todo tipo de enchiladas (mineras, verdes, potosinas) y tamales, chile nogada, atole, etc.

Por cierto, ¡cuidado con los tamales callejeros! Por doquier acechan puestos y tenderetes donde venden tamales sospechosos. Aquí le llaman la venganza de Moctezuma a las gastroenteritis típicas que suelen atacar a los europeos por estas tierras. Moctezuma suele atacar disfrazado de tamal. Lo digo por experiencia 😦

Para los adictos a las crónicas, relataba en mi vuelta a Cádiz algunas bondades de la vida en el Sur de España. Eso no es nada. Sólo deciros que los anfitriones de la casa donde me hospedo
me hablan de Amealco, un pueblo del estado de Querétaro donde todos los restaurantes cierran a la hora de la comida. Eso es vida, y lo demás, cuentos.

Crónicas del nopal

Tras 27 horas de arduo viaje, llegué a México. Como lo primero es lo primero, hay que bautizar las crónicas de estos días. Tras algunas conversaciones con amigos, donde intercambié propuestas de nombres inspiradas en enchiladas y manitos, me gusta más seguir con la tradición botánica y utilizar el nopal, cactus típico de estas tierras, que además es comestible y que tiene equivalente gaditano en la chumbera.

Como es tradición, comenzaré pues las Crónicas del Nopal por las clásicas secciones de ‘progresos con el idioma’ y ‘gastronomía del país’, que rebautizaré apropiadamente acorde a los usos del lugar: ‘tacos y chingadas’ para el idioma y ‘tamales y enchiladas’ para la gastronomía. Umm… la verdad es los nombres son poco claros; ambos bien parecen cosas de comer 😛

Sección tacos y chingadas

Bien es sabido los distintos usos que a un mismo término del diccionario español se le da a ambos lados del charco. Aunque muchos son ya conocidos, intentaré hacer una selección escogida (i.e. esjodida) de algunos que no dejan de soprenderme:

  • En los aviones no se embarca, sino que los pasajeros los abordan. La verdad es que a puntito estuvimos de abordar el avión en Atlanta con rumbo a México DF, pues el desastre y la sobreventa de la compañía Delta Airlines bien que nos incitaba a ello. Pero no: finalmente sólo embarcamos.
  • A los profesores que pasean por el campus también se les aborda. En este caso para preguntar por cualquier cuestión académica de interés para el alumno que, afortunadamente, no lo hace al grito de “¡al abordaje!”
  • Las acciones formativas de la que son objeto los alumnos en la Universidad aquí se denominan de una forma quizá más apropiada con la naturaleza e idiosincrasia del estudiante de nuestros días. Estas acciones son aquí llamadas adiestramiento, a pesar de que por regla general los alumnos mexicanos son bastante más educados que sus homónimos españoles, quienes muchas veces sí que necesitarían de ese adiestramiento pero en su acepción española.
  • No hace falta decir que el verbo coger y todas las formas lingüísticas en él basadas, tanto verbos (escoger, recoger, acoger) como nombres (recogedor, acogedor) están completamente fuera de lugar en Latinoamérica. Pensad que la acepción más común es sinónimo de un verbo español que empieza por f y termina… bueno… en general suele terminar bien :))
  • Por las mañanas te aseas bajo una regadera. Umm… esto no le va a venir bien al nopal, que no necesita mucho de las regaderas para dar sus buenos frutos, los higos chumbos (tunas los llaman aquí).

Sección tamales y enchiladas

Hablando de higos chumbos, aún no me ha dado tiempo a probar mucha gastronomía del país. Bueno, sí que he probado algo, pero ya lo había hecho antes en España: los citados higos chumbos y la cochinita pibil. Que conste que estoy hablando de gastronomía y cosas de comer, no de verbos a evitar 😉 En cuanto tenga la ocasión, probaré los chapulines (insisto: sigo hablando de manjares culinarios; para evitar confusiones). Aunque en España sólo conozcamos al chapulín colorao, éste es realmente el nombre que reciben los congéneres de Flip, el de la abeja Maya.

Bueno, la verdad es que sólo llevo un par de días en Querétaro (sí, sí… donde el Buitre marcó los 4 goles a Dinamarca) y aún hay poco que contar. Parece que el próximo fin de semana visitaremos Guanajuato. En cuanto haga alguna visita os cuento más detalles.

¡Ándele!

La ruta de los Omeyas

Los primeros meses en Cádiz no han dado para mucho congreso. Pero en cuanto ha llegado el verano, ha comenzado la temporada, aprovechando que dos de los que más me interesaban se celebraban en España: la conferencia internacional de LAMS (precisamente en Cádiz) y el ICALT (en Santander).

Uno ha hecho casi de todo en las conferencias y sus viajes, como ya he relatado en las crónicas. Pero cuando la conferencia se celebra en Cádiz, siempre hay algo nuevo por hacer. La fecha y hora de la cena de gala de la conferencia coincidían con la semifinal de la EURO 2008, Rusia-España, y el restaurante no tenía TV. Todo sea por el fútbol. Me llevé la tele al salón del restaurante El Español. Gracias a que vivo a dos pasos de la conferencia y a que las teles de hoy son planas, la labor no tuvo demasiada complicación. Sólo hubo que comprar algunos metros de cable coaxial y hacer de antenista un rato. Lo malo fue que no pudimos poner la clásica muñeca vestida de gitana encima de la tele, ni siquiera agarrada de las uñas.

Cuando acabó la conferencia salí para Cantabria. Agarré el coche e hice la ruta del Omeya Ibn Muza, con parada y fonda en Medina Mayrit, pero sin cortar cabezas de cristianos.

En Cantabria me alegró ver muchos viejos amigos a los que no veía desde hacía 4 meses. ¿Qué pasa, que no se puede echar de menos a la gente en ese tiempo? Bueno, a algunos ya les había visto antes :-/

Tengo que destacar la cena de gala del congreso. A falta de tele y partido de España (la eurocopa ya había acabado), el rape y el solomillo que nos sirvieron en el Gran Casino del Sardinero jugaron bien su papel. A la hora de los cafés, algo me llamó la atención. Las bolsitas de azúcar Dromedario venían con un mensaje individualizado relativo a los juegos olímpicos próximos a comenzar. En la bolsita que me tocó a mí rezaba esta historia:

ESPAÑOLES PIONEROS EN LOS JUEGOS
Los españoles no participaron en los Juegos de Atenas de 1896 (primeros de la era moderna).
En París de 1900 se tiene constancia de 17 deportistas españoles, aunque la desorganización de estos Juegos fue total y existen dudas sobre los datos oficiales. Villota y Amézola consiguieron el primer puesto en pelota vasca, en la especialidad de cesta punta, mientras que Pedro Pidal, Marqués de Villaviciosa, fue segundo en tiro de pichón.

La reseña no tiene desperdicio. Muy ilustrativa del papel de los españoles en los primeros juegos. ¡Hay que ver, el mal que ha hecho la wikipedia entre los jóvenes cronistas de nuestros días! No sé si la reseña resulta graciosa, pero yo me reí un buen rato tras su lectura.

Tras acabar la cena intentamos buscar algún sitio abierto donde acabar la noche española y dignamente. Pero resultó más difícil de lo que parecía. Sólo estaba abierto un bar de aspecto sospechoso y una media de edad tal que Manolo el del Bombo resultaría un chaval. Con decir que los paisanos que merodeaban el local bailaban pasodobles en una esquina, lo digo todo.

Durante los días de estancia en Santander comenzaron las rebajas, así que me dirigí al centro a achantar la crisis. Los últimos meses pasados en Andalucía me han convencido falsamente de que el tiempo atmosférico veraniego no tiene apenas variabilidad, así que tuve que comprarme un jersey, un pijama y un paraguas. Justo lo que a uno no tiene que olvidársele cuando viaja al norte. Pues a mí no sólo se me olvidó eso, sino que además iba en chanclas. Así que también tuve que comprarme unos zapatos. Incauto de mí…

Ahora estoy de vuelta a Cádiz, rehaciendo la ruta iniciada por Don Pelayo y acabada por Alfonso X El Sabio. Tras la reconquista total, los españoles iniciamos la época de los descubrimientos y el salto a Iberoamérica. En México os espero 😉

Madrid – Cádiz

El pasado 17 de febrero volví a Cádiz, después de 20 años en Madrid. Esto no es realmente una estancia investigadora ni supone evento turístico-científico alguno, sino una vuelta a casa en toda regla, con sede en la Universidad de Cádiz, que ha acogido al hijo pródigo. Pero aunque este viaje no tenga visos ni fecha de retorno, como parte de la actividad desarrollada en este largo viaje será investigadora, y como el día a día y la particularidad de sus gentes espero que merezcan la pena relatar, reanudaré las crónicas del tulipán contando diversos avatares que acontezcan en mi lugar natal y su entorno.

He estado tentado de rebautizar las crónicas, pero le tengo cariño al tulipán. Así que bastará con pintarlo de azul y amarillo y suprimir la coletilla del subtítulo.

Con esto empiezo el relato de mis primeros días en Cádiz, que comienzan con un notable temporal de viento de levante tal cual entraba a la ciudad. Resulta que la alcaldesa se ha dedicado últimamente a engalanar la avenida con unos postes forrados de tela anunciando el próximo bicentenario de la constitución de 1812. Os preguntaréis ¿a qué avenida se refiere éste? Pues a la avenida, ¿cuál va a ser? Antes del soterramiento de la vía del tren en Cádiz, ésta era atravesada por una única avenida y sus calles adyacentes, hasta llegar al casco histórico, de calles estrechas y arrejuntadas donde llamar a alguna avenida sería una exageración digna de un gaditano 😉 Pues bien, no hacía falta decir qué avenida, aunque el ayuntamiento le pusiera distintos nombres según el tramo. Pero desde que en Cádiz tenemos metro (bueno, más bien centímetro), su lugar en superficie lo ocupa la avenida nueva. Así que tenemos la avenida y la avenida nueva. Podríamos haberlas llamado avenida 1 y avenida 2, pero así empezó Nueva York, y fíjate tú dónde ha llegao. No me quiero ni imaginar dónde habrían cabido en Cádiz las torres gemelas.

Volviendo a los postes de la alcaldesa y al temporal de levante, mi primera visión al entrar fue la utilidad dada por un gaditano de mediana edad para dichos postes: esconderse detrás para encender el cigarro. Desde el coche no fui capaz de distinguir si tuvo éxito en el intento, o si llegó a incendiar la tela del poste, pero ahí anduvo según el peligroso bamboleo de la tela estampada de logotipos municipales. Acabo de caer en la cuenta de que no estoy empadronado en Cádiz desde que la querida alcaldesa ejerce de tal, así que a partir de ahora me tendré que fijar mejor por qué la gente la aprecia aquí tanto, siendo el gaditano medio tan rojete y la alcaldesa tan… rubita? A ver si me sorprende. Bueno, algo sí que me sorprende: ¿cómo puñetas va tan bien peinada siempre con el viento que hace aquí?

El lunes comencé a ir por la Escuela. Aunque todavía no he empezado las clases, ando liado con papeleos y solicitudes de proyectos de investigación. Eso a lo que los profes universitarios dedicamos el 80% de nuestro tiempo, y que tan difícil nos resulta explicar a nuestras tías y abuelas cuando nos preguntan: “Pero…¿8 horas de clase?¿a la semana?¿sólo trabajas 8 horas a la semana?” Yo ya me he dado por vencido, y cuando me lo preguntan simplemente respondo: “Sí, ¡qué pasa!” Pa chulo yo, que vengo de Madrid. No es (en general) cierto, pero me costaría el 20% restante explicarlo. Os reproduzco algunas fotillos que tomo en el coche de camino a la Escuela.

Lo que veo a mi zurda al ir y a mi diestra al volver es el Atlántico a través de la playa de Cádiz y sus diversos nombres. La primera foto de arriba es un trozo del Campo del Sur, con la catedral al fondo. La segunda fue un día de viento, con las gaviotas revolucionadas cual Hitchcock de la Bahía. Una vez llego a la Escuela, no tengo plaza de aparcamiento (bueno, ni en la escuela ni en Cádiz en general; si hay alguien que haya visto una plaza libre en Cádiz alguna vez, que me avise 😉 Pero a cambio mirad en las fotos de abajo (pretendía ser una panorámica de dos fotos :P, pero me he comido un cacho del coche de enmedio) lo que se ve desde el parking que uso en una explanada junto al castillo de Santa Catalina.

Pero si hay algo en lo que noto la diferencia en estos días entre Madrid y Cádiz, es en ese lugar común insalvable para cualquier funcionario que se precie de serlo: ¡los desayunos! Y no por el tiempo invertido, que es algo más o menos estándar en toda la España funcionarial, sino por el sitio. No es lo mismo desayunar en la cafetería del edificio Savatini en Leganés, que eran unos antiguos cuarteles del ejército, que hacerlo en la plaza de San Francisco, en la terraza y con el solecito que se aprecia en la foto de abajo.

La figura humana que se afana en hincarle el diente a la tostada es un amigo mío que trabaja a 5′ andando y, gracias a movistar, puedo desayunar con él sin tener que planificar mucho cuándo, dónde y cómo quedamos. Aquí, al contrario que en los Países Bajos con que empezaron las crónicas, sencillamente, no se planifica. Punto pelota. Es uno de los secretos andaluces de la vida sana.

Hablando de desayunos y de vida sana, hoy he visto algo que me ha dejado sorprendido. Seguro que habéis visto alguna vez al típico camarero que medio se oculta detrás de la barra y se auto-sirve media caña de cerveza para aguantar el tirón. Pues bien, hoy he visto a uno hacer lo mismo… ¡con medio vaso de zumo de naranja! Dudo que esto sea típico de Cádiz, especialmente teniendo tan recientes los carnavales 😉 así que me ha sorprendido más que la peluca de la Teo.

El martes me acerqué por las cercanías de mi futuro lugar de trabajo, pues en 2010 aproximadamente nos trasladan a un edificio nuevo que están construyendo para la Escuela e Ingeniería, situado en el Campus del Río San Pedro, junto al parque natural de la bahía de Cádiz. Hoy he hecho esta foto con el móvil desde el coche. No ha salido muy bien por tal de no llevarme por delante a un señor con caña de pescar que caminaba por el borde de la carretera. Lo que se ve al fondo es el parque natural de la bahía de Cádiz. Cuando nos trasladen al Campus del Río San Pedro podré hacer uso del carril bici que se ve (para los veteranos de las crónicas del tulipán, podré hacer senderismo en bicicleta)

Con esto me despido por esta semana,
primera de mi nueva vida gaditana 🙂