Trayecto por Nápoles

Este verano me he tomado unas pequeñas vacaciones por algún puerto italiano (sí, sí… al pie de la montaña…) y quería dedicar esta entrada a Napoli, porque me ha sorprendido especialmente. Tras visitar Florencia y Roma, llenos de arte y fastos históricos y arquitectónicos, el que llega a Nápoles se encuentra con la vida de verdad, con su esencia misma. He simultaneado el viaje con la lectura de El Gen Egoísta, de R. Dawkins, y aunque el librito es reconocidamente especulativo, es muy divertido ver cómo la vida y las gentes de Nápoles podrían haber ilustrado muchos de los ejemplos de los capítulos 5 y 9.

Todos los turistas (que no viajeros) hablaban barbaridades de Nápoles: que si feo, que si inseguro, que si caótico… concluyendo que no merecía la pena la visita. Esto sí que me va a gustar, pensé. Comparto todas las opiniones de Nápoles excepto la relativa a su belleza, que siempre depende del ojo que mira. En lo poco que me dio tiempo a ver me pareció una ciudad increíble.
La verdad sea dicha, la mayor parte del tiempo lo pasamos en Pompeya, que es tan inmenso y alucinante que agotó casi toda la jornada. Pero el trayecto en bus y tren hasta allá y un rápido e inmejorable capuccino al lado del puerto merecieron la pena. Las mezclas de color de piel y ojos de las gentes, el vocerío, el caos, el estar casi seguro que el tío que tienes al lado en el bus es un carterista que te sonríe pensando “en cuanto te descantilles te la cuelo bambino”; la familia en el autobús camino de la playa, bártulos incluidos, con las tres matriarcas compartiendo dos asientos y un bambino de unos 13 años y una bambina de unos 9 saltando de asiento en asiento entre los de todos los pasajeros mientras jugaban a darse besos en los morros; el par de señores renegríos que entran al vagón portando la caja de un televisor plano LG con quién sabe qué contenido y te la dejan en el portaequipajes de encima tuya, se alejan hacia otro vagón y salen del tren en cada parada mirando de un lado para otro de modo parecido a como, en el campo del barça, los boixos nois buscan con la vista a los vigilantes jurados, para, minutos después, recoger el bulto apresuradamente y bajar en la estación; el recorrido del tren durante 30 minutos por decenas de viviendas, pioneras desde hace lustros de la moda actual de dejar los muros con el cemento al aire; el oportunismo del camarero de la cafetería que estaba justo a mi espalda mientras yo interrogaba al dueño de la tienda de al lado para que me recomendara un sitio donde sirvieran buon cafe; ese señor camarero que me coge del brazo y me acompaña conversando durante los escasos 10 metros que nos separan de la cafetería, al mejor estilo Coppola… Todo eso y mucho más hicieron que mi rápida visita me dejara con ganas de volver a visitar Nápoles, por mucho que se empeñe Roberto Saviano en dibujar sólo lo más oscuro de sus entresijos. No pongo en duda que así sea, pero prefiero pensar en que toda sociedad humana se ha fundamentado antes o después, a lo largo de su historia, en un estadio similar al del Nápoles actual y que, igual que Pompeya, esta bella ciudad no hace más que desempolvar toda esa cínica ceniza que recubre a otras ruinas.
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