Bendición y maldición del profesional informático

Desde hace varios años, cada semana recibo no menos de dos peticiones de colegas y antiguos colegas, empresarios conocidos y desconocidos, cazatalentos y cazarecompensas, familiares y amigos, alumnos y ex-alumnos, etc. para que les recomiende un informático, programador, ingeniero de software, técnico o cualquiera que sepa manejar cosas “con teclas” (o pantallas táctiles) para contratarlo.

La disparidad entre la oferta y la demanda de recursos humanos que sepan de informática (esto es, normalmente, que estén estudiando o hayan estudiado un grado universitario en ingeniería informática) es brutal. Lo que es más abrumador, este desajuste viene siendo así desde que tengo uso de razón profesional (con posterioridad a la crisis del 92).

Las leyes de la microeconomía nos dicen que el precio de un bien o recurso escaso no puede sino aumentar, tanto más cuanto más escaso sea el bien. La realidad es que el precio del profesional informático, visto como un bien o recurso escaso, no ha subido todo lo que debería ante la abrumadora demanda. Con un ánimo más especulativo que otra cosa, se me ocurren varias explicaciones, no necesariamente excluyentes:

  • Quienes demandan dichos recursos no son conscientes del valor real de los mismos, medido éste en función del esfuerzo que supone acumular una cantidad de conocimientos informáticos equiparable a los requisitos demandados, que vienen normalmente expresados como el dominio de decenas de sistemas, lenguajes, aplicaciones, productos, estándares,… que se multiplican hasta el infinito y más allá, todos ellos acumulados en una sola persona. Además, cuanto más desconocimiento de dicho valor presenta el demandante, más fácil es que el valor real de dicho recurso se dispare hasta unos límites que, a la hora de ponerle precio (ése que solo el necio confunde con el valor), suele provocar en el demandante una cara difícil de distinguir entre la incredulidad y el espanto.
  • Que el bien o recurso demandado no sea, en términos generales, un bien. Dicho de otro modo, que no sea tan bueno. Quizá el demandante nos pide un arma nuclear y solo sabemos cómo fabricar tirachinas, que no es suficientemente bueno para lo que se desea. Esto está muy relacionado con el primer motivo explicado antes, pero es una razón sustancialmente distinta. A veces nos piden fabricar un bate de béisbol y sólo sabemos hacer palos de escoba (que pueden incluso llegar a hace daño a alguien, pero no es lo mismo). Otras veces, la combinación de los dos primeros argumentos (la ignorancia del demandante y la maldad del demandado) se puede volver en contra del demandante, quien llega a comprar bates de beisbol a precio de cetme.
  • Que el recurso demandado no sea necesario y pueda fácilmente reemplazarse por un bien sustitutivo y más barato. Dicho de otro modo, si un informático que me ayude a automatizar la resolución de un problema es tan caro, prefiero seguir resolviéndolo a mano, como lo he hecho de toda la vida, que es más barato. A veces esto puede tener sentido, pero en no pocas ocasiones, lo barato sale caro. Sobre todo en una época donde se le suele pedir a los informáticos que hagan un deep learning o algo de eso y que por arte de magia nos resuelva el problema en cero coma, “como hace Google” (sic). Otras veces el recurso sustitutivo puede ser un cuñado que ha hecho un módulo de esos y te programa unas apps que se te saltan las lágrimas (de alegría, de emoción, de pena,… vaya vd. a saber por qué razón)

La bendición y, a la par, maldición del profesional informático es la de una elevada demanda y una escasísima oferta, lo que lleva a un desajuste enorme y, lo que es peor, creciente. La iniciativa IT Professionalism framework de profesionalismo en el sector de las tecnologías de la información acaba de publicar el informe European Framework for IT Professionalism en cuyo resumen se relata que el desajuste entre la oferta y la demanda de las IT skills en los profesionales no solo son considerables a fecha de 2015, sino que las expectativas son que aumenten en 2020; de un 3.2% a un 3.5% en la UE de los 28; de un 4.0% a un 7.0% en Francia; de un 3.6% a un 5.5% en Alemania; de un 2.0% a un 8.7% en Japón; de un 3.0% a un 3.7% en EEUU. De los países analizados en el informe, tan solo se espera un cierre de la brecha en UK (de un 1.8% a un 0.7%) y Canadá (de un 7.0% a un 6.8%); y la reducción esperada tampoco es para tirar cohetes.

De España y otros países el informe no aporta datos desglosados, pero tampoco hace falta ser un hacha para saber por donde van a ir los tiros. Al ritmo que el sistema educativo actual genera profesionales con la formación informática suficiente, el crecimiento en España de dicho desajuste puede ser exponencial. El problema no es la baja proporción de titulaciones relacionadas con la informática en universidades y centros formativos de grado superior. El número de titulados en informática es más que suficiente. El problema mayor es la escasa, por no decir nula, formación informática en el resto de titulaciones. Un buen profesional de cualquier disciplina con una mínima formación en informática presenta varias ventajas. Primero, serán capaces de construir ellos mismos su propios palos de escoba e incluso sus bates de béisbol. A lo mejor algunos consiguen hasta montar su propio cetme comprando las piezas por separado. Quizá no lleguen a construir un arma nuclear, pero para eso están los ingenieros, que una vez despejada la paja del heno, podrían cubrir con solvencia la demanda de un valor real en un menor número. La segunda ventaja es que los demandantes acudirían con un mejor criterio a la búsqueda de la oferta que le resuelve su problema, reduciendo la triste influencia de la ignorancia en la toma de decisiones en cuanto a contratación de los preciados recursos humanos en informática. Finalmente, para los profesionales de la informática esto no deja de suponer una ventaja. Cuando el común de los profesionales (no informáticos) sepan valorar y apreciar mejor el trabajo de los profesionales informáticos, también sabrán distinguir el valor de un trabajo de ingeniería del resto de trabajos, al igual que todo el mundo sabe distinguir, sin ser un experto, que no es lo mismo construir un cobertizo en el jardín o un edificio de 30 plantas. Si llevamos años clamando por el reconocimiento de la ingeniería informática, no veo mejor manera de conseguirla que haciendo que los no informáticos aprendan informática.

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SICA strikes back

Estos días los investigadores de las universidades andaluzas hemos recibido un mensaje relativo a la evaluación de los CV de los grupos de investigación. Para ello tenemos que volver a actualizar nuestros méritos en SICA2, que es un sistema informático que aglutina todos los méritos de los investigadores andaluces y por los que se nos evalúa constantemente.
Logo de SICA
En el mensaje me encuentro con la promesa de que han “mejorado SICA2”. Tras conectarme ilusionado, esperando encontrar una mejora que arreglara los numerosos y graves problemas que presentaba la antigua plataforma SICA, reconstruida entre 2008 y 2011 a través de la correspondiente licitación de la Consejería de Economía, Innovación, Ciencia y Empresa de la Junta de Andalucía, y que realizaron las correspondientes empresas adjudicatarias del contrato. Los problemas de la aplicación eran numerosos: estabilidad, rendimiento, usabilidad, falta de integración con sistemas existentes y que ya funcionaban para resolver el mismo problema.
El problema mayor de SICA2 es la manera de trabajo que obliga a seguir. No se permite teclear un dato (un título de artículo, un nombre de revista, un título de congreso, un nombre de proyecto, etc.; en resumidas cuentas, casi todos los datos) directamente en la casilla del formulario correspondiente, sino que, primero, hay que buscar si dicho dato no existe ya en el sistema introducido por algún otro investigador que comparta el mismo mérito (la misma publicación, el mismo proyecto, etc.) Solo tras buscarlo, y en caso de que no lo encuentre, se permite crear el dato nuevo. Con esta manera de trabajar intentan reducir duplicidades. Como es de prever por cualquiera que tenga un poco de conocimiento de usabilidad e interacción persona-ordenador en ingeniería informática, no solo no se reducen duplicidades, sino que éstas aumentan. La causa es que, ante tanta dificultad en la interfaz, por defecto el usuario evita tanta dificultad escribiendo cualquier cosa, pulsando el botón “buscar” y esperando el mensaje de que no se ha encontrado nada parecido para que por fin se habilite el botón “crear nuevo”, que es el que se necesita para dar de alta el registro. Así con todo. La aplicación no pasaría ni las más sencillas pruebas de usabilidad. Por no hablar del rendimiento, con los agotadores tiempos de espera que se producen cada vez que tecleas algo y tienes que esperar que la aplicación busque el dato o valide lo introducido. Los numerosos “cuelgues” y errores de la aplicación han hecho que muchos investigadores sencillamente hayamos dejado de actualizar el SICA2.
Si meter cada mérito nuevo te puede llevar varios minutos, la cara que se te queda cuando la aplicación se cuelga tras haberle dedicado ese tiempo a un solo mérito es un poema. Y si tenemos en cuenta que los méritos se cuentan por decenas (o por centenares, según la productividad de cada investigador), la labor se convierte en un derroche de dinero y recursos públicos (es decir, el tiempo que invertimos en hacer todo eso). Por no decir que rellenar el SICA2 no tiene nada que ver con nuestra tarea ni docente, ni investigadora, ni siquiera de gestión, que debemos llevar a cabo en nuestras instituciones. Pero eso es otro asunto en el que los investigadores de este país ya estamos curados de espanto. Tan solo decir que en estos días me encuentro de estancia en Reino Unido y, para la labor habitual que hace 1 simple investigador en España, aquí tienen a 3 personas a tiempo completo y otras 2 compartidas entre varios. La teoría dice que los británicos son más ricos que los españoles, pero ¿tanto?
La actualización de los datos en SICA2 la llevamos la mayoría sin hacer desde 2013, debido a la inexistencia de convocatorias del PAIDI desde entonces y, por tanto, a la inutilidad de actualizar unos méritos que no iban a ser evaluados por nadie en Andalucía. La parada en las evaluaciones de la investigación de la Junta no ha sido más que un “no hay mal que por bien no venga”. Pero ahora estamos en ese punto en que, si queremos que se nos evalúe a los grupos, a las solicitudes de proyectos, etc. del prometido PAIDI (la nueva edición del Plan Andaluz de I+D), tenemos que volver a dedicar nuestro tiempo a actualizar SICA2.
Tras la promesa de haber mejorado SICA2, me conecto ansioso para comprobarlo. Lo que me encuentro es un simple “lavado de cara” (un simple cambio del aspecto visual del front-end). Pero la aplicación sigue comportándose de igual modo, con nuevos impedimentos de la interfaz de usuario y los mismos errores de ejecución.
Por ejemplo, intento vincular un artículo a una revista JCR que SICA2 no encuentra en su base de datos de revistas indexadas (supuestamente conectada a las de ISI y SCOPUS) y me encuentro con que no puedo hacerlo, que solo puedo “solicitar” que alguien la incluya. En la base de datos hay un registro con el mismo ISSN que alguien añadió en su día, pero tiene el título vacío. Pues bien, sigo el procedimiento de intentar añadir esa nueva revista, solicitándolo, depuro un autor que aparecía duplicado y… error al grabar.
Luego intento probar una prometedora funcionalidad que han incorporado, consistente en dar la posibilidad de que sean las distintas unidades de las universidades las que introduzcan los datos, y el investigador simplemente los valide e incorpore a su CV (función muy esperada y útil, cuya intención se agradece enormemente). Pero de buenas intenciones están los cementerios llenos, especialmente cuando no se han probado lo suficiente dichas nuevas funcionalidades. La aplicación presenta unas simples líneas resumen de los méritos, proporcionados por las unidades administrativas que disponen de los mismos, que se nos recomienda incorporar, preguntando si queremos aceptarlos o no. Algo así:
Tipo de ítempasted1
Responsablespasted2
Títulopasted3
Fechapasted4




««
«

1
2

»
»»
Proyecto
Proyecto
¿Cómo sé si los datos son correctos? La aplicación no permite pulsar en el mérito e inspeccionar para verlo. Lo que se muestra tan solo es un resumen de pocos caracteres (finalizado en puntos suspensivos) en cada casilla. Como no hay manera de inspeccionar el mérito, no te queda otra que aceptarlo si quieres ver sus detalles. Tras aceptarlo, resulta que encuentro que hay algunos detalles incorrectos. Así que intento editarla: no me lo permite porque ese mérito, al estar añadido directamente por la unidad administrativa en cuestión, no puede ser editado por el interesado. Vale, lo admito. Pero como no estoy de acuerdo con los detalles del mérito (que he tenido que aceptar porque no me quedaba otra si quería ver sus detalles), intento borrar el mérito. Pues ahora no puedo. Me genera el error siguiente:
Se ha producido un error inesperado al intentar eliminar el ítem.
Este tipo de errores en un sistema con tantos usuarios y que nos hace perder tanto tiempo simplemente no me parece nada serio. Como ingeniero informático, y junto con muchos compañeros de profesión, llevamos años reclamando que se revise la calidad de estos desarrollos de software de sistemas de información antes de ponerlos como de uso obligatorio. No solo no nos hacen caso, sino que las cosas siguen igual. SICA2 es tan solo un caso más de los muchos que se dan, pero es el caso que nos atañe ahora. Afortunadamente, con SICA2 no mueren personas. Lo peor que puede pasar es que no se nos evalúe justamente para una solicitud de ayuda, proyecto, etc. Las universidades pueden perder unos pocos cientos de miles de euros, mientras los profesores perdemos el tiempo con eso en vez de dedicar más a las clases, a investigar, a realizar la tan necesaria transferencia con empresas, etc. Eso no es nada serio… ¿O sí?
Mi impresión es que el desarrollo informático de SICA2, tanto el antiguo como el nuevo, no ha sido realizado con los mínimos de calidad que un desarrollo de software requiere. No digo que no haya costado mucho esfuerzo y dinero. Seguramente lo ha costado. Pero no ha sido el suficiente que un desarrollo de software tan complejo como éste requiere. Insisto en que antes de poner una aplicación de este tipo en producción, debería ser sometida a las buenas prácticas que la ingeniería informática requiere y, sobre todo, el proyecto debería ser visado para que alguien acreditado (habitualmente, un ingeniero colegiado) se responsabilice de que esto es así. Cuando haya un responsable detrás que ponga su firma, sospecho que las cosas mejorarán mucho. Seguramente irán más lentas, pero muy probablemente serán más seguras y nos harán perder menos tiempo, dinero y, en los peores casos, tener menos víctimas.
Lamentablemente, las inspecciones y visados que se aplican a otros ámbitos de la ingeniería no suelen aplicarse a los desarrollos informáticos. A nadie se le ocurriría inaugurar un edificio con peligro de que algún elemento de la obra se caiga e impida el acceso o, lo que es peor, mate a alguien. Esto pasa cada día en ingeniería informática, a veces sin que el público general se entere del motivo. Con tal solo decir en los telediarios que ha habido “un fallo informático” se arregla todo. Siempre es bueno que haya niños en casa, dice el refranero. Pues los ingenieros en informática hemos dejado hace años de ser niños. Somos profesionales, pero ni los gobiernos ni la sociedad acaban de comprender el alcance del problema ni, por ende, nos aceptan como tales.

Cortar el cuello a Rita

Lewis Gilbert dirigió en 1983 una maravillosa película de título Educating Rita de historia similar a My Fair Lady, en la que Julie Walters representa el papel de una peluquera de Liverpool, de clase trabajadora, que quiere estudiar literatura a distancia. Lo hace en la Open University, donde conoce a un profesor, papel desempeñado por Michael Caine, quien le ayuda en su determinación de aprender más allá de sus habilidades de trabajo manual o blue-collar —por el color del cuello de la indumentaria clásica de los trabajadores manuales.

Pues bien, para reanudar mis andanzas académicas por el mundo, me he venido unas pocas semanas a la Open University, en Milton Keynes. Mi primer día ha sido muy soleado, para hacer honor al tema de Crowded House, como viene siendo habitual cada vez que salgo de estancia —si no fuera porque reconozco la diferencia entre correlación y causalidad, ya estaría sospechando que la culpa del cambio climático no la tienen los gases de efecto invernadero sino las crónicas del tulipán. Como es natural por estos lares, cada vez que sale el sol la gente abandona la oficina, así que no he encontrado apenas colegas en el instituto. Pero algo muy positivo ha sucedido: de las seis personas que he conocido hasta el momento y me han dado la bienvenida, cinco de ellas eran féminas. Ninguna de ellas blue-collar. Me parece un síntoma enormemente positivo de una cuestión que en UK ya tienen más que superada.

Anteriormente a los 80, estudiar Literatura era un buen punto de partida para pasar a desempeñar un trabajo white-collar (por el color del cuello de la camisa) de administrativo o técnico, en una oficina o entorno profesional normalmente alejado del trabajo manual. A partir de entonces, el ansia utilitarista que ha inundado especialmente a las sociedades repletas de trabajadores white-collar ha generado la falacia de que estudiar letras o ciencias sociales es desperdiciar el talento.

En los 80 Rita decidió ir más allá del entorno laboral que conocía, que, si bien es tan digno como cualquier otro, no le permitía en su día explorar otras perspectivas profesionales y personales. Y para ello decidió estudiar Literatura. Si pensaba en lo profesional, quizá no fuese una buena decisión en los 80. Eso nunca lo sabremos porque las películas suelen tener un final y quién sabe qué le sucedió a Rita tras conseguir su graduación en la Open University.

Hoy día las cosas son algo distintas. Como bien cuenta Elvira Lindo en No me llames letrasado, “no hay carreras con más salidas que otras, aún menos en un mercado laboral tan enclenque”. Muy acertada apreciación, aunque me falta un pero.

En el futuro, me imagino los sitios que sustituyan a las oficinas repletos de trabajadores collar-less, en camiseta y sin cuello, con una indumentaria similar a la mucho informático que a simple vista no te permite averiguar si es de cuello blanco o azul. La diferencia ya no está en el color del cuello, porque muchos de estos trabajadores realizarán indistintamente trabajos manuales (de robótica, smart manufacturing, impresión 3D, quién sabe…) o no manuales (programación, análisis de datos, modelado 3D, vete tú a saber…) La diferencia puede estar en conocer o no las habilidades básicas que permitan ser un collar-less en esos trabajos que surgirán para sustituir a los collar-ful que pueden desaparecer, independientemente del color del cuello, al igual que en su día los cuellos blancos y azules acabaron con muchos trabajos anteriores a la segunda revolución industrial.

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Así que no me conformo con el lema “estudia literatura y humanidades, que en cien años todos calvos” que se trasluce en el artículo de Elvira Lindo. Además de estudiar literatura, filosofía, ética, artes y humanidades, debemos animar a Rita a que se corte el cuello y aprenda un poco de esas otras disciplinas emergentes que le otorguen la autonomía suficiente para seguir viendo ese signo tan positivo de mujeres inundando las futuras oficinas o cualesquiera sitios que las sustituyan.

La ciudad ventilador

Esta semana estoy en Karlsruhe, también conocida por la Fächerstadt (literalmente, ciudad ventilador), debido a la notable estructura radial de treinta y dos de sus calles alrededor de la torre del palacio o Schloss.

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Me he venido de Erasmus Docente, una oportunidad que se nos da a los profesores que por edad nos perdimos la experiencia Erasmus discente para probar un pequeño sorbo de lo que muchos de mis alumni han podido disfrutar. IMG_1944Lo de “sorbo” no es metáfora, que conste. Es alusión directa al Erasmus Dionisíaco que tanto les envidio. Vamos, que ahora mismo estoy apurando la bitburger de la foto en el biergarten del hotel, para literalizar lo del pequeño sorbo de la experiencia Erasmus.

Lo más sorprendente de mi corta estancia ha sido la temperatura. Treinta y cinco grados centígrados que hemos alcanzado durante tres días seguidos. Eso para centroeuropa y con la humedad ambiental que hace aquí es una barbaridad. Hace más calor que en Jerez cuando salí de allá.

Lo menos sorprendente de mi estancia ha sido la sequedad de algún teutón. Digo seco por no decir desagradable. Vamos, que los grados de humedad ambiental ya adivino de donde salen. Mi vuelo sale pasado mañana y hoy he terminado de impartir mi ultima clase. Al terminarla clase, he preguntado a un colega, berlinés para más señas, que al día siguiente quería aprovechar para sentarme y recuperar trabajo atrasado, que si sabia de algún sitio donde pudiera hacerme un hueco y disponer de conexión a internet. Yo esperaba que me dijera: mira, aquí o allá puedes sentarte y trabajar tranquilo. La respuesta fue escueta: “Starbucks” dijo. Punto peloten. Menos mal que le pedí un sitio para trabajar, con lo que dicen que gusta eso por estos lares. Le llego a pedir un sitio para bailar sevillanas y me corre a gorrazos. A lo mejor es que los berlineses son especialmente antipáticos, como dicen de los parisinos o los neoyorquinos. Éste lo tenía todo, porque esa misma mañana le acompaño a pedir un café y, tras traducir del alemán lo que la camarera me preguntaba, lo primero que me dice es que no tiene dinero suficiente para invitarme. Tampoco se lo había pedido, leñe, es que no sé alemán. Vamos, que aparte de berlinés, debe de tener algo de sangre escocesa, holandesa o catalana 🙂

Tengo que decir que ésta ha sido la excepción, pues el resto de alemanes que he encontrado han sido encantadores, especialmente en hostelería, donde son unos profesionales (también). Por ejemplo, hoy al regresar al hotel me he encontrado con la agradable sorpresa de que, para mitigar el sofocante calor, nos habían colocado a los clientes en nuestras habitaciones… ¡un ventilador! Dudo que sea un souvenir de recuerdo de la ciudad, porque no me cabe en la maleta. Pero es todo un detallazo en una ciudad que, a pesar de su sobrenombre, no tiene aire acondicionado ni en los combi no frost que fabrica Liebherr.

El expolio de la ingeniería informática

Diego Gambetta comienza su obra La Mafia Siciliana (Fondo de Cultura Económica, México, 2007) relatando la entrevista a un criador de ganado de Palermo, quien le explicaba que “Cuando el carnicero me viene a comprar un animal, él sabe que quiero estafarlo. Pero yo sé que él quiere estafarme. Así que necesitamos de Peppe para hacernos llegar a un acuerdo. Y los dos pagamos a Peppe un porcentaje del trato”. Otro comerciante palermitano, fabricante de muebles, sostenía que “Peppe vendía sobre todo información, haciendo con ello posible la transacción”, y que “por este servicio recibía 2% de comisión. Si además actuaba como garante de la calidad y el pago, el porcentaje aumentaba”. Ambos comerciantes coincidían en que Peppe actuaba como garante y, en un determinado territorio, operaba como monopolista. De manera significativa, el capítulo donde se relata esta historia se llama La industria de la protección.

En la industria de la cría de ganado y de la fabricación de muebles es de suponer que Peppe es una eminencia. Si no, ¿cómo podemos asegurar que la garantía de calidad que vende Peppe es un buen servicio profesional y no una simple mordida? Si Peppe no entendiera de ganado o de muebles, ¿sería razonable que tuviera el monopolio de la protección y de la garantía de calidad del ganado con que uno comercia o de los muebles que el otro fabrica?

Ricardo Gallir explica en El largo y difícil camino de la profesión cómo los colegios profesionales pueden llegar a ejercer de Peppe cuando plantean obtener beneficios de monopolios legales sin ofrecer a la sociedad nada a cambio. El servicio de Peppe como proveedor de información puede considerarse justo. De hecho, toda nuestra sociedad está construida sobre esos pilares. En cambio, el servicio de Peppe como garante de la calidad es, cuando menos, discutible. Un colegio profesional no va a poner en duda la utilidad y justicia de su servicio. Otros planteamos serias dudas a la bondad del monopolio de Peppe o de la regulación monopolística de los colegios profesionales. La utilidad social del monopolio del servicio de garantía de calidad que éstos prestan en el estado español hay que ponerla, al menos, en cuarentena.

Los países anglosajones que dominan la industria no optan por la regulación profesional (y mucho menos monopolística) de sus ingenieros, sino por la certificación. Cuando un ingeniero español sin barreras idiomáticas acude en busca de trabajo al extranjero, suele conseguirlo sin mayores problemas. Nadie duda hasta la fecha de la calidad de nuestros profesionales en ingeniería. Otro asunto es la valoración en forma de nivel salarial que el contratante hace del contratado, en función de su nivel de certificación. Un ingeniero certificado como chartered puede optar a niveles salariales mucho mayores que uno sin certificar. Es más, para desempañar ciertas actividades en ingeniería es imprescindible estar certificado. En el modelo anglosajón las sociedades profesionales certifican, y las Universidades deben formar buenos profesionales que puedan aspirar a estar certificados sin mayores problemas. De lo contrario, los titulados de una Universidad que relaje en exceso sus exigencias académicas no conseguirán certificarse y de hecho así se implementa un excelente control de calidad externo a las Universidades, a quienes no les vale ya la captación de más alumnos relajando en exceso los niveles académicos.

Es característico del modelo anglosajón que, además de no haber un monopolio regulador de certificaciones, la emisión de las mismas no está asociada a haber cursado un plan de estudios determinado, como sucede en España. Aquí, las atribuciones profesionales (es decir, los poderes de Peppe) están reguladas y el Gobierno establece las condiciones a que deben adecuarse los planes de estudio, en las titulaciones de Graduado y Master Universitario, en términos de competencias que se dan por adquiridas simplemente por haber finalizado dichos estudios. Esto sucede así en los ámbitos de las ingenierías tradicionales mediante la regulación de atribuciones (RD 1393/2007, de 29 de octubre; resolución 1478/2009, de 15 de enero; y órdenes CIN/350/2009 a la CIN/255/2009, de 9 de febrero) y, de modo particular, en los ámbitos de la ingenierías de nuevo cuño, es decir, la ingeniería informática y la ingeniería química (RD 12977/2009, de 8 de junio). Hay que decir que, en el caso de la ingeniería informática, el citado Real Decreto es un simple brindis al sol, dado que sus competencias no están asociadas a ninguna atribución profesional regulada. Es decir, las atribuciones profesionales en el caso de la ingeniería informática, simplemente no existen. Dicho de otro modo, si algún ingeniero tradicional colegiado quiere hacerse con los poderes de Peppe en cuanto a garante de la calidad de los proyectos y sistemas informáticos, podrá hacerlo, puesto que a los ingenieros informáticos no se les permite.

En estos días circula por la Red un borrador del Anteproyecto de Ley de Servicios Profesionales que pretende garantizar el libre acceso a las actividades profesionales y su libre ejercicio, así como actualizar y completar la regulación del régimen jurídico de los colegios profesionales. Dicho borrador reserva el ejercicio de las atribuciones profesionales en el ámbito de la ingeniería a quienes posean un título de Master que dé acceso a cualquier profesión de ingeniero. Bueno, el borrador excluye explícitamente a los ingenieros informáticos de poder ejercer dichas atribuciones. Sorprendentemente, sí que incluye a los ingenieros químicos, los habituales compañeros de fatigas de muchos ingenieros informáticos que han pretendido durante años unirse al club de Peppe.

Mucho me temo que la intención de dicha exclusión de los ingenieros informáticos no es casual, sino con un deliberado interés de expolio económico de las cuantiosas comisiones esperables por ejecución y visado de proyectos industriales relacionados con la ingeniería informática, precisamente los únicos que sobreviven a la crisis y que es previsible crezcan en las próximas décadas. Así pueden compensar los colegios tradicionales de ingenieros las pérdidas económicas, ya sean comisiones legales por servicio, ya sean simples mordidas, que pudieran devenir por el cada vez menor número de proyectos industriales fuera del ámbito de la ingeniería informática que se desarrollan en España. Para muestra, véase un botón. El prestigioso Instituto de Ingenieros Eléctricos y Electrónicos (IEEE) norteamericano ha publicado recientemente las estadísticas de cómo el desempleo entre los ingenieros eléctricos ha crecido desde el 3.4% hasta el 6,5% en los primeros meses de 2013, mientras que el de los ingenieros informáticos expertos en el desarrollo de software ha decrecido hasta el 2,2%. Una prueba a favor de la posible intención dolosa de excluir a los ingenieros informáticos de la regulación propuesta por el citado anteproyecto de ley es que sí se han incluido, explícitamente, a los ingenieros químicos como profesión regulada, pues la cuantía económica del expolio es considerablemente menor en su ámbito. Si estas sospechas no están muy alejadas de la realidad, va a ser muy difícil hacer cambiar de opinión a los legisladores, influidos por los poderodos lobbys que suponen los grandes históricos colegios de ingeniería en España.

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Fuera de España, toda esa regulación de los colegios profesionales no tiene utilidad alguna. Lo que se pide a un ingeniero en Europa para la ejecución de cualquier de proyecto industrial es estar certificado en función de su experiencia, de su preparación para participar o visar proyectos de una determinada índole y, por supuesto, también de su titulación. Pero la titulación no es excluyente. No se está certificado por el simple hecho regulado de haber obtenido un cierto título de ingeniería y estar colegiado. Sobre todo, dichas certificaciones no son monopolísticas, sino que las emiten diversas sociedades profesionales según su prestigio y su ámbito de experiencia. Una forma de evitar que se torne en mordida un servicio que, en origen, era útil y bueno para la sociedad, como la información de Peppe, o los servicios no monopolísticos de un colegio, es que el garante de la calidad del servicio tenga suficiente conocimiento sobre lo que está certificando. Desafortunadamente esto no suele suceder entre no pocos ingenieros tradicionales, no informáticos, algo que se deriva de un sencillo análisis de los planes de estudio que les dotan de atribuciones por el RD 1393/2007. El anteproyecto de ley que hoy circula permitirá a ingenieros no formados en ingeniería informática actuar de garantes de la calidad del desarrollo de proyectos y sistemas informáticos. Nos encontramos, pues, frente a un Peppe que puede no saber de ganado ni de fabricación de muebles, pero que tiene el monopolio regulado de la industria de la protección.

Si no se quiere, o no se puede, poner coto a este hecho, al menos que la informática y el pensamiento computacional entren de verdad en la escuela, como están haciendo en todos los países desarrollados, para que los futuros profesionales, ya sean o no ingenieros, salgan del analfabetismo informático que lamentablemente nos invade y que, como bien señala Enrique Dans en Ponerse las pilas, pone en peligro nuestro futuro como país.

Si no se corrige este desatino, puede que España pierda una vez más la comba de la siguiente revolución industrial, la pronosticada hace mucho tiempo por Alvin Toffler en La Tercera Ola, como ya lo hicimos hace dos siglos. A toro pasado es fácil buscar culpables en Fernando VII o en (tómese literalmente) la madre que lo parió. Sin embargo, es preferible poner arreglo a los problemas que buscar culpables años más tarde. Quizá así nos ayudemos a nosotros mismos a perder esa odiosa costumbre española.

Trayecto por Nápoles

Este verano me he tomado unas pequeñas vacaciones por algún puerto italiano (sí, sí… al pie de la montaña…) y quería dedicar esta entrada a Napoli, porque me ha sorprendido especialmente. Tras visitar Florencia y Roma, llenos de arte y fastos históricos y arquitectónicos, el que llega a Nápoles se encuentra con la vida de verdad, con su esencia misma. He simultaneado el viaje con la lectura de El Gen Egoísta, de R. Dawkins, y aunque el librito es reconocidamente especulativo, es muy divertido ver cómo la vida y las gentes de Nápoles podrían haber ilustrado muchos de los ejemplos de los capítulos 5 y 9.

Todos los turistas (que no viajeros) hablaban barbaridades de Nápoles: que si feo, que si inseguro, que si caótico… concluyendo que no merecía la pena la visita. Esto sí que me va a gustar, pensé. Comparto todas las opiniones de Nápoles excepto la relativa a su belleza, que siempre depende del ojo que mira. En lo poco que me dio tiempo a ver me pareció una ciudad increíble.
La verdad sea dicha, la mayor parte del tiempo lo pasamos en Pompeya, que es tan inmenso y alucinante que agotó casi toda la jornada. Pero el trayecto en bus y tren hasta allá y un rápido e inmejorable capuccino al lado del puerto merecieron la pena. Las mezclas de color de piel y ojos de las gentes, el vocerío, el caos, el estar casi seguro que el tío que tienes al lado en el bus es un carterista que te sonríe pensando “en cuanto te descantilles te la cuelo bambino”; la familia en el autobús camino de la playa, bártulos incluidos, con las tres matriarcas compartiendo dos asientos y un bambino de unos 13 años y una bambina de unos 9 saltando de asiento en asiento entre los de todos los pasajeros mientras jugaban a darse besos en los morros; el par de señores renegríos que entran al vagón portando la caja de un televisor plano LG con quién sabe qué contenido y te la dejan en el portaequipajes de encima tuya, se alejan hacia otro vagón y salen del tren en cada parada mirando de un lado para otro de modo parecido a como, en el campo del barça, los boixos nois buscan con la vista a los vigilantes jurados, para, minutos después, recoger el bulto apresuradamente y bajar en la estación; el recorrido del tren durante 30 minutos por decenas de viviendas, pioneras desde hace lustros de la moda actual de dejar los muros con el cemento al aire; el oportunismo del camarero de la cafetería que estaba justo a mi espalda mientras yo interrogaba al dueño de la tienda de al lado para que me recomendara un sitio donde sirvieran buon cafe; ese señor camarero que me coge del brazo y me acompaña conversando durante los escasos 10 metros que nos separan de la cafetería, al mejor estilo Coppola… Todo eso y mucho más hicieron que mi rápida visita me dejara con ganas de volver a visitar Nápoles, por mucho que se empeñe Roberto Saviano en dibujar sólo lo más oscuro de sus entresijos. No pongo en duda que así sea, pero prefiero pensar en que toda sociedad humana se ha fundamentado antes o después, a lo largo de su historia, en un estadio similar al del Nápoles actual y que, igual que Pompeya, esta bella ciudad no hace más que desempolvar toda esa cínica ceniza que recubre a otras ruinas.

Manejar el picante

La semana pasada pillamos un taxi para ir al Tec. Desde que subimos, el taxista no hacía más que platicar por la radio mientras manejaba. Resulta que a la centralita se le había estropeado la radio (según sus palabras, se amoló la fuente de potencia) y le habían dado a él instrucciones por teléfono para que transmitiera a sus compañeros. Éstos a su vez harían lo mismo. Esto es lo que los informáticos conocemos como peer-to-peer, pero en versión amolada. Menos mal que poco antes de entrar en la autopista decidió preguntarnos que a dónde íbamos!

Hay que decir que a los mexicanos en general les falta alguna que otra clase de autoescuela. Hay que ver la de barbaridades que se ven por carreteras y autopistas. Pero claro, tiene su lógica: los mexicanos no saben conducir, sino que sólo saben manejar. Aquí la menetérita española hacía su agosto. Bueno, eso si les dejaban los miembros de los mil y pico cuerpos de policía que existen. Aquí llevas tu coche a pintar a un taller y como no te decidas pronto por el color, te descantillas y te lo pintan de Canción Triste de Hill Street con una facilidad pasmosa, con sirena y todo 😦

También fue curioso oír el código usado por los radio-taxistas, parecido al de los polis de la misma serie de antaño: “R13 acuda a 34 para un 11”; “R27 tiene un 11 pendiente con 24” Traduzco (algunos códigos me los invento, que no me dió tiempo a averiguarlos todos 😛 “Taxi R13 acuda a la parada del 34 (la del Tec) para un servicio”; “R27 tiene un servicio pendiente con pago por vale”. Supongo que de la codificación habrán eliminado algunos números, porque el cachondeo con alguna que otra cifra picante puede ser evidente 😉

La sección antojitos mexicanos esta semana no va a poder ser, pues el ataque de Moctezuma me ha hecho estar varios días con arroz, verduras, pollo y gelatinas. Para que veáis cómo son en este país con el picante, a la versión mexicana del típico pollo a la plancha para casos de enfermedad gastrointestinal le echan pimienta, que como Cuervo Loco, pica, pero pica poco 😛

Hablando de picante, aún estoy por descubrir algún significado oculto en azteca de dicho término, porque resulta que hay un programa deportivo de la televisión azteca, de nombre “fútbol picante” y, la verdad, sólo se ven tíos en calzonas corriendo detrás del balón, algo contradictorio con el nombre del programa 😉 Menos mal que lo veo porque me gusta el fútbol 😀